Author: admin

  • LO QUE NO CUENTO

    Escribir por escribir

    Ester Berdor

    Escribir cuesta. Es un esfuerzo. Te obliga a renunciar. Yo elijo escribir, por supuesto. Nadie me riñe si no escribo. Aunque más que escribir, me gusta reescribir. También tiene su encanto jugar con las palabras. Por ejemplo, en este párrafo he decidido ir sumando. Verás que hasta aquí cada frase tiene una palabra más. 

    Hay muchos caminos para jugar con las palabras. Los oulipianos lo sabían y abrazaron la constricción hasta amarla. Incluso alcanzaron a armar obras completas sin una grafía. Yo sólo con cuatro oraciones ya no aguanto más. 

    Jugar ayuda a centrar la mente cuando escribes, a explorar rincones. No sé si te has dado cuenta, pero en el párrafo anterior he conseguido omitir la letra e en todas las frases. Por eso suena tan enrevesado. Aunque, si te fijas bien, las oraciones son correctas. Es posible. Y sin IA, claro. Probé luego con la IA y te diré que lo hizo, pero con trampas, pues sacrificó gran parte del sentido del párrafo. A este artificio literario, por cierto, se le denomina lipograma. Mucho más ameno que la liposucción. No hay color.

    Al aumentar la dificultad en estos juegos de escritura aumenta a su vez la diversión. A veces, por ejemplo, también juego con el diccionario. Y en otras ocasiones, intento evitarlo y me obligo a estrujarme el cerebro.

    Las limitaciones son variadas, como en la vida misma. También me propongo utilizar una palabra. Por ejemplo, conspicuo. ¿Por qué? Porque la leí hace poco y me enterneció. Qué palabra tan feucha, pensé, y qué poco se lee o se oye. Esa es la simpleza y la grandeza de la escritura. Que puede ser trivial y no servir para nada y al mismo tiempo significarlo todo en todos los sentidos. 

    Leí una vez que el mayor invento de la humanidad ha sido la escritura. Con ella se pudo comenzar a transmitir los conocimientos de manera inmutable. La escritura ha permitido a la humanidad trascender el tiempo y el espacio. Y no solo el saber, también la emoción viaja a través de los textos. No es sencillo, pero ocurre a menudo. Recientemente se mostró al público un papiro escrito hace 1.800 años en el que Sarapias, una mujer, mandaba una carta manuscrita a su yerno Erminos. En la nota, la mujer le pide al marido de su hija, que está embarazada, que viajen hasta su casa para dar a luz allí. La futura abuela insiste en que acudan y en que no se preocupen por el coste del desplazamiento, pues ella pagará el burro que les hará falta para el viaje. 

    En este pequeño texto de carácter privado que ha sobrevivido dos milenios se reflejan sentimientos universales como el amor materno, los vínculos familiares y los temores que las mujeres han afrontado desde el principio de los tiempos: el parto y la supervivencia de los hijos. En apenas unas líneas, con tan solo unos cuantos símbolos, se sondea el alma humana a lo largo de toda su existencia. A mí, estas cosas me conmueven y me reafirman: cómo no va a ser todo la escritura. 

    Este texto que te envío hoy nace de la obligación autoimpuesta. Después de diez días de cierzo huracanado en mi tierra y de un clima más que desagradable, la tarde en mi pueblo está soleada. Una luz tibia se vierte por la ladera del monte y el agua del barranco discurre en un susurro agradable. Incluso distingo desde mi ventana una lagartija que se asolea sobre una laja. Pero yo llevo casi cinco días sin escribir una palabra y quiero dejarme este texto listo y, si es posible, retomar un proyecto que abandoné hace mes y medio en esa nevera digital que es el Dirve. Así que me encierro y escribo. Busco y encuentro un camino. Consigo tal vez que este texto tome forma e incluso llego a relacionarlo con un libro que leí recientemente y que podría recomendarte. Pero me resisto. Prefiero dejar así este post, un post que he escrito solo por escribir.

    Y tú, seguramente, no saques nada y quizá te decepcione un poco porque esperabas obtener algo, quizá una recomendación. Y sin embargo has tenido que llegar hasta aquí solo para verme jugar con las palabras. Te pido disculpas y te lo agradezco, porque si hay algo más importante que la escritura es lo que acabas de hacer: leer. De qué hubiera servido la carta de Sarapias a su yerno si él no la hubiera leído. Qué trascendencia tendría 1.800 años después si nosotros no la hubiéramos hallado y leído de nuevo. Leer es el verdadero acto conspicuo. 

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